• Mireia Sánchez | Psicóloga sanitaria

El Amor... lo que no es


Decir “amor” suena bonito. Gratifica y estimula. Ejercer el amor es otra cosa. Es un acto cotidiano de respeto, de libertad y de liberación de quien amamos, aunque no siempre acabemos sintiendo satisfacción, simplemente por el hecho de sentirlo.


A cuenta del amor se han logrado verdaderas revoluciones. Como se dice, el amor mueve montañas. Es tan potente, tan inmenso, que nada ni nadie puede contra él, aunque se intente.


Pero, también, bajo el manto de un supuesto sentimiento amoroso se han llegado a cometer incluso asesinatos y, para no ir tan lejos, en nombre del amor cada día se violentan los derechos humanos más básicos, sin apenas darnos cuenta.


El concepto auténtico del amor ha sido muchas veces utilizado por los mitos, por la sociedad de consumo, por la educación compulsiva, por las religiones y hasta por la política. Se usa para todo y se acomoda según diferentes intereses que distan mucho de lo que es la capacidad para dar y recibir.


Así, se sigue transmitiendo el ideal del “… se casaron y vivieron felices para siempre“, frase que retumba en los oídos de quienes se encuentran, de un día para otro, decepcionados después de una ruptura de pareja con la que no contaban ni en sueños.

Pero el amor no se reduce a las relaciones de pareja y mucho menos a la institución del matrimonio. Aquí van unos cuantos ejemplos de lo que se intenta llamar “amor” pero no es:


- Educar utilizando la violencia en cualquiera de sus formas, y decir al niño o a la niña: “Esto lo hago por tu bien“, segundos antes de darle un golpe o de encerrarlo/a en su habitación por haber hecho alguna travesura o por haber sacado malas notas en el colegio. “Como te quiero, te maltrato”.


- Hacer todo lo que el otro quiera. Si quiere que vayamos al cine, vamos. Si quiere patatas pero yo quiero queso, pues comemos patatas. Si quiere ir a la playa pero yo quería quedarme en casa, vamos a la playa. “Como te quiero, te complazco”.


- Dejarle hacer todo lo que quiera. Si no se quiere levantar de la cama, bien. Si no quiere comer, bien. Si quiere pasarse la vida viendo televisión, bien. Si piensa que la luna es verde, bien. Si no quiere trabajar porque es aburrido, bien. “Como te quiero, no te cuestiono”.


- Sentir que la propia vida no tiene sentido si la otra persona no está. Esperar, simplemente esperar, a que aparezca para animar el día. “Como te quiero, dependo”.


- Sentirse desgraciado/a cuando el hijo o la hija se va de casa dejando el nido vacío y, en vez de ayudarle a encontrar su camino, ponerle todas las trabas posibles para que tenga que volver. “Como te quiero, te retengo”.


- Defender al niño o a la niña de cualquier pequeño riesgo propio de su edad, invadiendo constantemente su espacio y sus juegos. “Como te quiero, te sobreprotejo”.


- Llamar al novio o a la novia 20 veces al día para decirle lo mucho que se le extraña. “Como te quiero, te invado”.


- Tratar a las niñas y a las mujeres como si fueran frágiles y condicionar así su autonomía. “Como te quiero, te limito”.


- Enseñar al otro/a a vivir la vida tal como uno la concibe, en vez de darle los recursos para que encuentre su forma particular. “Como te quiero, te adiestro”.


- Montar una escena de celos cada vez que él o ella sale de casa con sus amigos/as. “Como te quiero, te controlo”.


Como te quiero, te corto las alas, te limito, te sobreprotejo, no te cuestiono, dependo, te complazco, te retengo… te mato. Qué poco tiene esto que ver con el amor. Hay muchos más ejemplos, interminables, de situaciones en las que se cree estar amando cuando en realidad se está expresando todo lo contrario. El amor no tiene la culpa de que no sepamos expresar el miedo, el odio, la impotencia, la frustración o el hartazgo hacia una persona o situación. Estas son cosas que pasan cuando no se encuentran vías de expresión de las emociones, especialmente las que no son socialmente aceptables.


Amar no es ser buena gente todo el tiempo, siempre sonriendo, siempre asequible, ni estar comprando regalos todos los años para San Valentín. La capacidad de amar es una función vital. No se parece en nada a las relaciones compulsivas ahogadas por la ansiedad, el miedo, el egoísmo, la violencia y el control. Cuando tenemos la opción de elegir cada día por la pareja o el amigo y somos conscientes de la libertad para irnos de su lado, y nos quedamos, estamos amando.


Cuando podemos sentir el enfado, el miedo o la inseguridad, dando tiempo a la resolución de los conflictos, estamos amando. Cuando el niño o la niña de 2 o de 30 años se cae –porque tiene que caerse- y nos encuentra cuando realmente nos necesita, estamos amando. Cuando miramos al niño, a la niña, a la pareja, al amigo y decimos consciente y coherentemente: “NO“, estamos amando. Cuando alguien se quiere ir de nuestro lado y -aún a nuestro pesar- le dejamos abierto el camino, también estamos amando.


Es posible transformar las relaciones viciadas, ya sea por el paso del tiempo como por las propias trampas de la personalidad. Recuperar la capacidad de amar es una de las mejores estrategias para establecer relaciones afectivas saludables, duraderas y enriquecedoras con las personas importantes de nuestra vida, por las que vale la pena hacer los cambios que se consideren necesarios.


Autor/a desconocid@ – texto modificado por Mireia Sánchez-


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