• Mireia Sánchez | Psicóloga sanitaria

SIMULANDO ME SIENTO SEGURO/A

Cuando ser tú genera conflictos o disgustos, ser tú es un problema. Durante los primeros años de nuestra vida el cerebro aprende y va enlazando experiencias:

  1. Si digo lo que pienso o expreso lo que siento, o narro lo que me ha ocurrido y esto causa excesiva preocupación (egocéntrica y sin ocuparse de mi estado emocional o el problema presentado) a mis cuidadores principales, es decir, causo preocupación y disgustos a alguien que necesito para sobrevivir, pues mejor sonrío para calmar su estado y no causar malestar.

  2. Si cuando busco consuelo o apoyo me produce más dolor del que ya siento porque recibo cuestionamiento, crítica o desamparo, mejor finjo que todo va bien.

  3. Si cuando muestro algunas de estas emociones: tristeza, enfado o miedo recibo algún tipo de castigo emocional, físico o conflicto (burla, agresión física, insulto, atributo negativo hacia mi persona,...) mejor simulo e intento quedarme inexpresivo/a, intento que en mis gestos faciales no se note nada, como si me hubieran puesto una máscara de porcelana encima. Si no se ve qué siento nadie me dirá nada negativo que pueda añadir más sufrimiento del ya que siento.

  4. Si convivo y veo diariamente que mis cuidadores principales están sufriendo por diversas causas y esto se prolonga en el tiempo, es mejor no dar más problemas de los que ya tienen. Por eso me callo si algo me preocupa o me genera malestar.

  5. Si cuando expreso alegría noto que molesta o que no es reforzada, ni se suman a ella, mejor aparentar neutralidad o tristeza ya que siento que estar así es más aceptado y no genera incomodidad.

  6. Me doy cuenta de una cosa muy curiosa: cuando soy lo que se espera de mí, me siento aceptado/a y me siento querido/a. Pero si por el contrario, digo o hago algo que va en contra de lo que ellos/as creen o esperan de mí, me siento rechazado/a. Por lo tanto, como me quiero sentir querido/a prefiero ser quién ellos quieren que sea, ser yo, me hace sentir que estoy fuera (rechazado/a, abandonado/a, no pertenezco a la familia).

  7. Si cuando muestro mis atributos personales o mis cualidades y éstas son miradas y juzgadas con desprecio o burla, ser yo es vergonzoso. Por lo tanto, me sale más a cuenta esconderme, ya que mostrarme es doloroso, me causa un coste emocional elevado.

  8. Etc.


En resumen, el aprendizaje de todos estos ejemplos se puede sintetizar en: Simulando me siento más seguro/a. Después de estas experiencias aprendiste a ser otra persona: a sonreír aún estando roto/a por dentro, a decir que sí para evitar conflictos, a no expresar lo que realmente sientes para no sentirte rechazado/a, a complacer para calmar a la otra persona y tú sentirte tranquilo/a, etc.


Aunque tu identidad corre riesgo pero es preferible no añadir más dolor del que ya sientes, es el "mínimo" coste que pagas por tu seguridad. Simular te sirve: preservas tu mundo interno de críticas, burlas, cuestionamientos, invalidaciones, etc. Y también te sirve para que los demás no hagan muchas preguntas, que te dejen en tu cueva oscura, pero segura. Y piensas que tampoco es para tanto, porque tú sabes lo que sientes en el fondo.


Y así pasan los años,... la máscara viaja contigo. Pero a la larga... inevitablemente la máscara se vuelve difusa, se desdibujan las líneas, se pega más y a más ti, puedes incluso confundirla con tu piel, y te empiezas a preguntar: ¿Quién soy en realidad? ¿el/la que se muestra? o ¿el/la que se oculta?


Por eso, hay muchas personas que llega un momento que aunque no saben cómo decirlo exactamente, notan que ya el mecanismo de defensa que les ayudó a sentirse seguros/as, ya no les compensa, ya no les protege, sino todo lo contrario, les genera ansiedad, relaciones dañinas, insatisfacción personal, etc.


Y con este escrito quiero decirte que se puede. Puedes quitarte la máscara y sentirte seguro/a. El cerebro puede volver a aprender otras cosas diferentes: que no hace falta simular para sentirte aceptado/a; que decir lo que piensas aunque no encaje con las creencias del otro no tiene por qué ser motivo de conflicto o de rechazo; que aún diciendo no, poniendo límites y dejando de complacer los vínculos se pueden mantener.


Quitarse la máscara vale la pena. Aunque es un proceso y requiere trabajo. Pero al final aprendes que siendo tu mismo/a también te puedes sentir seguro/a.



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