• Mireia Sánchez | Psicóloga sanitaria

Las partes aceptadas y las partes exiliadas

Actualizado: 11 de jul de 2020


Los bebés y los niños/as dependen de su cuidador o cuidadora principal para sobrevivir. Y teniendo en cuenta que el cerebro y el sistema nervioso autónomo no se puede estar sintiendo amenazado todo el tiempo porque de esta manera no podría sobrevivir, el bebé o el niño/a hará todo lo que sea posible para procurarse seguridad y control y la mínima cuota de sufrimiento, aunque para ello tenga que sacrificar, moldear, disfrazar, bloquear partes de sí mismo/a; o por el contrario, tenga que crear otras y mantener las que le brindan esa seguridad y control. No es fácil ser niño/a en un mundo de adultos. Y es extraño que muchos adultos no lo entiendan porque ellos y ellas también fueron niños y niñas. Lo que probablemente ocurra es que los adultos que menos lo entienden son los que tuvieron que sacrificar o exiliar más partes de sí mismos/as.

Como titula Jorge Barudy, psiquiatra, terapeuta infantil y familiar en uno de sus libros: el dolor invisible de la infancia, el dolor de los niños/as no se ve. Se enmascara con síntomas, con rabietas, bajo el título de “trastornos” como el trastorno negativista desafiante, por ejemplo… qué largo y qué potente suena la etiqueta diagnóstica, cuando en realidad estamos ante niños que sufren.


Muchos niños ya a tempranas edades aprenden que no les sale a cuenta quejarse o mostrar su dolor. Lo más seguro es que lo intenten en repetidas ocasiones y que muestren conductas de apego (llorar, reclamar, balbucear, etc.), a sus cuidadores ya que cuando somos pequeños necesitamos de un adulto que nos calme y nos regule las emociones. Es un proceso cíclico entre el bebé o el niño/a y su cuidador. Y a través de este ciclo de excitación – relajación Fahlberg, 1991, nos explica que esta interacción se impregna en la memoria implícita del bebé (la sensación de que se puede estar mal pero luego se puede estar bien). La permanencia de este ciclo ayuda a que luego sólo con imaginárselo se calme ( la representación mental del apego ). Es imprescindible que ambos, tanto el niñ@ como el cuidador/a principal se vivencien en la incomodidad y el malestar.

Este ciclo proporciona calma, auto-regulación y bienestar al bebé cuando existe un cuidador o una cuidadora con capacidades marentales o parentales que aseguran una respuesta que valida las emociones o de las conductas de apego del niño/a, además de una respuesta reflexiva, responsiva y sensible.


Por el contrario, cuando la respuesta del cuidador o de la cuidadora rechaza, invalida o bloquea las necesidades del bebé o del niño/a, éste sentirá más malestar del que ya tiene, por lo tanto, aprenderá que no vale la pena acudir a su cuidador o a su cuidadora para calmar su sufrimiento. Cuando llega a esta conclusión, el niño/a puede optar por bloquear las partes de sí mismo que expresan emociones negativas o expresión de necesidades o reclamos. Por el contrario, mostrará solamente las partes que le aseguren que no sufrirá más de lo que ya sufre, por ejemplo, las partes complacientes, las alegres o las disponibles, aunque por dentro esté roto de dolor.


Cuando los adultos deciden acudir a terapia, en muchas ocasiones es porque el mecanismo de defensa que les permitió asegurarse control y seguridad en su infancia y adolescencia, ahora en la vida adulta no les sirve, es más, les suele causar ansiedad y diversos síntomas que causan más sufrimiento.


Por ejemplo: para sentirse aceptado/a y para sentirte amado/a, el niño/a tiene que mostrarse “bueno/a”, aprende que si expresa emociones negativas o reclamos, los cuidadores principales o un cuidador le rechazará o le hará sentir culpable por mostrar sus necesidades o su dolor.


En otras familias no se acepta la expresión de las emociones, se vivencia como símbolo de inferioridad y los cuidadores atribuyen que el mundo emocional es sinónimo de personas débiles y por lo tanto se burlan de ellas. El niño/a aprenderá a ocultar todas sus emociones y para asegurarse la mínima cuota de sufrimiento se distanciará de ellas y preferirá vivir en un mundo racional y descriptivo sin contenido emocional.


Evidentemente que todo esto tiene un coste muy elevado para el futuro adulto. Parte de la terapia consiste en explicarle a la persona adulta que esa ansiedad que siente, por ejemplo, está muy relacionada con la necesidad de complacer a los demás para sentirse amado y aceptado por el otro (lo que ocurría en edades anteriores). Es importante explicar que la ansiedad en buena parte viene por ocultar, disfrazar o moldear sus sentimientos constantemente; que la complacencia fue un mecanismo para sobrevivir, mecanismo que ahora ya no es útil. Por eso hay recuperar las partes que fueron exiliadas e incorporar estrategias que ayuden al adulto a sentirse seguro y amado.

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